Mi única excusa.
Estaba frente a mí, con la misma mirada inquisitiva pero amable de siempre. Después de lo que parecía una eternidad usando la misma excusa, por primera vez alguien me preguntaba qué significaba para mí eso de ser hija única. Me sorprendió, mucho, tanto que ni siquiera supe como resumir el principal argumento para todos mis pretextos. Abrí los ojos, me acomodé la falda, tomaba fuerzas para abrir mi corazón y lo único que pude decir fue “soy lo único que tienen mis padres y ellos son lo único que tengo.” Claro que no. No se trataba de eso en lo absoluto, era una buena parte pero no todo lo que quería decir.
Nací hace casi 30 años del vientre de Francis con la ayuda de Lucas. Mis padres soñadores, enamorados de ideales buscaban una niña y el destino eso les deparó, una primogénita y última. Lo de última no fue planeado y no hay más culpable que Karl Marx, sí, el alemán, el primero de todos los barbudos que más tarde haría historia con un concepto que no quería saber de marcas pero que se convirtió precisamente en eso, el comunismo. A mi padre lo perturbaba la idea de que un día tendría que colaborar con la revolución y que sería muy irresponsable de su parte aceptar tener otro hijo. La revolución no llegó a mi casa como la pensó Marx sino que llegó en forma de divorcio unos cuatro años más tarde.
Así que única.
Al principio esto no me preocupaba mucho, realmente no me preocupaba nada. Qué podía preocuparme de tener toda la atención del mundo para mí, meriendas que no tenía que compartir, televisión que solo controlaba yo, regalos sin una razón especial más que ser la niña de los ojos de mis padres. Entre tantas muestras de afecto lograba olvidar lo molesto que era para mí que otros me dijeran “ñoña, ñoñita, deja de hablar llorando.”
Pero llegó el día en que empecé a psicoanalizarlo todo y entonces me di cuenta que no había aprendido a compartir, a competir, a comprender que yo no era el centro del universo. Hasta que descubrí algo maravilloso, cada vez que era evidente mi egoísmo o mi ingenuidad frente a otros, solo tenía que decir “es que soy hija única” y ocurría magia, inmediatamente la gente torcía ligeramente la cabeza hacia la izquierda y asentía. Comprendían.
Pasó a ser mi excusa favorita. No tenía que dar más explicaciones, esa sola era garantía de la aprobación de todos.
Ese día la usé con la persona indicada, en el momento preciso y con la intención mágica de siempre. Pero no torció la cabeza a la izquierda ni tampoco asintió, cuestionó mi única excusa. En mi respuesta hueca comprendí que no era una condicionante, nunca lo había sido más que en mi cabeza.

